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El hombre invisible

Irwin, integrante de un grupo inofensivo, confundido en su momento con el de unos pandilleros, "La Pesada", jamás pensó que llegaría a recibir un seudónimo tal como el de, "Hombre invisible". Y es que tal denominación, quién sabe, podría terminar persiguiéndolo hasta la hora de su su muerte, o incluso un poco más allá.

Todo comenzó cuando a uno de los integrantes de "La Pesada", se le ocurrió sugerir a los demás el ignorar a Irwin. El aglomerado no dudo en aceptar la propuesta. Así, una vez llegado nuestro personaje con intención de saludar, no fue tomado en cuenta. Posó su mano sobre el hombro de uno de sus compañeros, jaló a otro, sin embargo, ninguno de ellos se mostró inmutado. A más uno recriminaba a otro, sin prestar cuidado a que Irwin se situase en medio, una recriminación en la que salían frases como: "Que quieres Warango", "Deja de estirarme la ropa Toño".

Una vez comprendido el juego, Irwin esbozo una sonrisa mostrando el blanco de sus dientes bajo la sombra proyectada por su gorra; prefirió callar y una vez ocultos sus dientes emitió un gorjeo, giró, guardo sus manos dentro el par de bolsillos de su pantalón ancho y se fue.

El resto del grupo, guitarra, botella y vaso en mano, emitió minutos después una estridente carcajada. Uno de ellos se animo a hacer ademanes de lo sucedido, emulando a Irwin en la citada rutina, agregando además el gesto de bajar la cabeza al retirarse, diciendo: "Que huevada, soy el hombre invisible". Nuevas carcajadas y nuevos brindis.

Llegados otros encuentro grupales, el acercamiento de Irwin ya era recibido con el saludo de los muchachos, esto debido a que la escenificación con el tiempo fue perdiendo su gracia. Pero nunca faltaban momentos en que alguno de los chicos dijese cosas como: "miren, está flotando una gorra en el cielo", o "no lo ignoren pues a nuestro amigo, a nuestro amigo, ¿como decían que se llamaba?". Nuevas viejas carcajadas, nuevos viejos brindis.

Cansado de tales alusiones, un día, Irwin en el afán de maquinar el como demostrar a "La pesada" que no era invisible, tomo parte de lo dicho por uno de los compinches, "uno de estos días vamos a terminar muertos chicos, el Irwin después de levantarse va a tomar un cuchillo y nos los va a ensartar uno a uno, ¿y saben?, no podrán culpar a nadie porque el hombre invisible no tiene huellas digitales". "Intolerable, esto es la gota que derramó el vaso, voy a tomar la pala de ese grupo de jardineros en la plaza, la traeré y veremos pues si soy el hombre invisible". Y efectivamente, ssí Irwin lo hizó, levantó la pala, dio una vuelta alrededor de los jardineros tratando de mostrarla, pero ninguno hizo nada. "¡Anda a devolver eso!" fue lo que le gritamos al tener tal objeto bajo nuestro pies, lo hizo, pero ni así los jardineros se inmutaron, puede que por ello el prefirió volver a traer`la pala. Viejas nuevas carcajadas, nuevos viejos brindis.

Ni bien abandonamos la plaza, pala en mano, Irwin algo feliz, algo triste, nos dijo: "Tienen razón, parece que si soy invisible".

Hace poco, momentos en que conversábamos solos, sin encontrarnos rodeados por los demás, Irwin me pidió que si le pasase algo, yo me ocuparía de que se cabe su tumba con la pala robada. Yo sin dudarlo le prometí hacer tal. Puede que llegue o no ese día, puede que yo cumpla mi promesa, aunque pareciese que a Irwin "nadie" le tome en cuenta.

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Prócer

El pasado uno de noviembre, tuve el grato placer se asistir al preste de la carrera de literatura de la UMSA, esto debido a la invitación que me hizo una amiga en la Contraferia del Libro. Conocí al Tata Renecito, fruto de la imaginación y el reconocimiento de Adolfo Cárdenas a René Bascopé.

Una cosa llevó a la otra, así, ni bien terminada la recepción nos fuimos a la vivienda de uno de los asistentes. La jarana continuó rimbombante, so pretexto de homenajear al Tata Renecito. En tal escenario reencontré, en plena tertulia, a una amiga junto a otra amiga.

No tengo certeza de haberme portado coqueto o pesado con alguna de ellas. Pero ni bien salidos los primeros rayos del día, termine yéndome de dicha morada muy bien acompañado. Cada una se sostenía de uno de mis dos brazos, ¿o era yo quién se sostenía?

De ellas nunca fui algo más que un amigo, pero la parecer una no lo entendió así. Repentinamente, ¡zas!, "garras stronguistas" cayeron sobre mi rostro. Risas de por medio preferí hacer el despiste. Caminando, llegué a la Pérez, ingresé a un mingitorio para lavarme el rostro, luego caldito de pollo "para curar las heridas".

Una situación como esta merece al menos le dedique un verso a la susodicha.

PRÓCER

Soy un mártir de las apariencias,
un prócer que acogió a tus uñas pesadas.
No diste lugar a mis explicaciones.
¿Que te parece si hacemos una apuesta?
A que mis heridas sanan antes que las tuyas.